
- ¡Adios vecina, que pases un buen día¡
- ¡Con Dios vecino! Me responde mientras se aleja y sin poder remediarlo vuelvo la cabeza para ver como con gracia el vuelo de su falda se mueve rítmico a cada paso de tacón suyo sobre unas hermosas piernas.
- Amo, con todos los respetos. Ya no se escribe así.
- Puede ser, pero soy esclavo de lo viejo y de los escritores de postguerra.
- ¿Amo, a ti te gusta la vecina?
- Pues mira…, unas veces si y otras no.
- Si, ya…, entiendo. Las mujeres, que los hombres miráis con deseos lujuriosos, le termináis por poner siempre algún pero. Matices que llamarías tu. Me contesta respondón
- Me gusta, le digo, cuando en invierno viste con medias negras y faldas cortas; cuando en primavera se pone de tirantes y más aún cuando nos cruzamos con ella y lleva el palabra de honor que le deja al aire los hombros. Cuando me dice eso de: “vecino tu que eres más leído, dime de algún libro”. Y es que a uno le da gusto que le digan eso de que es un hombre leído, Xoco.
- ¿Y las veces que no, amo?
- ¿Recuerdas cuando le da folklórica y afirma rotundamente que ya no hay artistas..., para después rematar diciendo que si acaso la Pantoja y poco más? ¿Recuerdas cuando me habla sin venir a cuento de la Jennifer y el Jossua, y el Jonny y la Lore del Gran Hermano? Pues en esos momentos pierde su encanto.
- Sí amo, tu es que eres un tipo muy leído. Me dice el perro y entonces lo miro para adivinar si ha puesto ironía o mala leche en la frase.
-¿Y a ti, pregunto ahora yo, te gusta la perra de la vecina, la yorkshide?
- Pues, sí…, rotundamente sí. Las perras pequeñas me soliviantan la lívido, excitan todos mis sentidos, me tornan un sátiro de los de cuernos y barbas de chivo, me ponen amo. ¡Me ponen! Pero ha diferencia tuya amo, yo no matizo. Los perros no necesitamos excusas.

